Después de la crisis global provocada por el COVID-19, es natural preguntarnos si este fue el último gran evento sanitario de nuestra época. Aunque la respuesta de la ciencia pueda parecer desalentadora, es bastante clara: es muy probable que las pandemias sigan ocurriendo. Esto no es cuestión de mala suerte, sino el resultado directo de una cadena de eventos que nosotros mismos provocamos: invadimos nuevos ecosistemas, nos exponemos a sus microorganismos y luego los esparcimos por el mundo.
Para entender el inicio de esta cadena, pensemos en un ejemplo cotidiano: cuando viajamos a una región distinta y enfermamos del estómago tras probar la comida local. Esto ocurre simplemente porque nos exponemos a bacterias que nuestro sistema inmunológico no conoce. A nivel global, la humanidad está haciendo un "viaje" similar, pero mucho más peligroso. Al expandir nuestras ciudades y zonas agrícolas, estamos invadiendo agresivamente los hábitats de la fauna silvestre. Animales como murciélagos, roedores o primates se ven obligados a buscar alimento cerca de los asentamientos humanos, trayendo consigo microorganismos con los que nuestra especie nunca había convivido. Así, forzamos el salto biológico de patógenos desconocidos hacia una población humana que carece totalmente de defensas.
Una vez que ocurre este contacto inicial entre el animal y el ser humano, nuestro estilo de vida moderno se encarga de completar el ciclo. Hace un siglo, un brote originado por esta invasión ecológica solía quedarse aislado en una comunidad remota. Hoy, la realidad es muy distinta. Ese mismo patógeno puede viajar en un vuelo internacional y llegar a las metrópolis más pobladas en menos de 24 horas. Es decir, creamos el riesgo al destruir las fronteras naturales, y luego utilizamos nuestra red de turismo y comercio masivo para transformar un brote local en una crisis mundial.
Al comprender que esta reacción en cadena (invasión ecológica, contagio inicial y propagación global) es impulsada por nuestro propio ritmo de vida, queda claro que las pandemias no desaparecerán por arte de magia. Sin embargo, aceptar esta realidad no debe ser motivo de pánico, sino un llamado urgente a cambiar nuestra estrategia de defensa.
Si sabemos que el riesgo siempre va a estar ahí, no podemos solo cruzar los dedos para que no pase nada. Tenemos que estar preparados. Ahí es donde apoyar a la ciencia, vigilar de cerca las enfermedades en todo el mundo y tener la capacidad de crear vacunas rápido hace toda la diferencia entre un pequeño brote local y un desastre mundial. Que aparezcan virus nuevos es inevitable, pero que se conviertan en tragedias no lo es. Nuestra mejor defensa siempre será la investigación científica y, sobre todo, aprender a respetar los límites de la naturaleza.